jueves, 1 de septiembre de 2011

MELILLA DE MIS RECUERDOS




Visitantes y anfitriones junto al Fuerte de Rostrogordo


Melilla, julio de 2011

Ya en Málaga, la espera para embarcar en ”El Rápido” se hacía interminable. Mi corazón estaba alborozado; seguro que en algún momento alcancé las cien pulsaciones, cuando los galenos me tuercen el gesto si paso de sesenta. ¡Qué diferencia con El Vicente Puchol y el J.J. Lázaro de aquellos tiempos!, algunos de ellos, habían sido transformados dejando atrás el vapor; también prestaron servicios en la guerra civil. ¡Qué noches más largas! Niños que lloraban, camareros que no daban abasto para ayudar a los que se ahogaban en sus propios vómitos. Este Rápido es un placer. Me separaban de ambas imágenes solo sesenta años, ¡solo sesenta! Toda una vida. Casi sin darme cuenta, estaba frente a Tres Forcas. Se detuvo el catamarán unos minutos que se me hicieron eternos; esperaba la salida de otro buque. A través de la bruma que este 15 de julio de 2011 cubría el Mediterráneo, mis ojos intentaban taladrar la niebla para ver con claridad la enhiesta majestuosidad de Melilla La Vieja, objeto de deseo durante siglos de piratas y corsarios; y el Fuerte Victoria Grande, que sin verlo, lo recordaba como punto de partida de esa linde, que la bala del cañón Caminante, marcaría como zona de seguridad infranqueable.

El corazón brincaba en mi pecho al doblar el morro. Acostumbrado a ver grandes puertos, me pareció pequeño; mas pude comprobar las ampliaciones practicadas en el transcurso del tiempo. Un edificio terminal, propio de una ciudad única, continuó sorprendiéndome. A partir de ese momento, comenzó mi maratón por revivir en un fin de semana, miles de recuerdos reposados durante tantos años en el baúl. Llevaba conmigo parte de mi familia; cuatro hijos, dos, con sus parejas, mi mujer y yo. Dos taxis, a una velocidad más que respetable y lógica, pues trataban de realizar el mayor número de viajes aprovechando la llegada del barco, nos dejan en el Parador.

Aún no habíamos terminado de entregar nuestras reservas, y se nos apareció nuestro ángel de la guarda. Juan Díez y su hijo Dani. Días antes, pocas palabras fueron precisas para informar por correo a Juan de nuestro proyectado viaje. En veinticuatro horas, supo condensar lo que hubiera supuesto una semana para documentarnos sobre la actual Melilla. Generosos cicerones, fueron abriéndonos las puertas allá donde fuésemos, con la documentada información técnica e histórica, no solo de Juan, sino de un niño con trece años, Dani, al que aún le sobró memoria y talento, para ilustrarnos sobre la historia antigua y moderna de Melilla. No quiero hacer una descripción exhaustiva de nuestro recorrido. Pero disfrutamos de todo el conjunto histórico, incluida la visita a museos; el Ayuntamiento con su majestuosa escalera que conduce al salón de plenos; el inmenso cuadro de Maeso; las vidrieras; la atención del guardia, que excediendo sus funciones, nos vendía como el mejor guía posible su Melilla.

La visita a ese arcano insondable, que es la Asociación de Estudios Melillenses, y que son necesarios muchos días para conocerlo en profundidad, y Jesús M. Sáez, nos ilustró apasionadamente sobre cada uno de los recuerdos que allí se atesoran. El casino militar, cuando de jóvenes íbamos a bailar; con sus salones, el hall de la primera planta, porticado con mármoles blancos festoneados de traviesas negras formando un tablero de ajedrez unicolor. No ha perdido su encanto primigenio donde tantos jóvenes cadetes encontraron sus novias. La visita a Rostrogordo, y su área recreativa, nos dieron otra imagen nueva y actualizada.¡Y Melilla! La Melilla de mi juventud, tan guapa, tan presumida de ser la ciudad, en relación a su tamaño, con la mayor muestra de arquitectura modernista de España; el tiempo no ha podido con la obra de Enrique Nieto que quiso abandonar la sombra del genial Gaudí para crear su propio estilo; y otros tantos arquitectos que dejaron su impronta, y que logrará en un futuro, porque lo merece, ser considerada patrimonio de la humanidad. Sus calles adornadas con bonsáis que respiran, y no se sienten constreñidos por la tortura del sistema japonés. Y mi Parque Hernández, tan impresionante, que aún conserva el marchamo de aquel parque familiar y exuberante, donde los jóvenes con nuestras novias pelábamos las pocas pavas posibles, y sí demasiados cartuchos de pipas; y albergaban en la feria a los vocalistas que animaban los siempre esperados bailes; y el estanque de patos… pero todo eso es nostalgia, hoy, aún está más bonita.

Como nostalgia fue visitar la Iglesia de la Medalla Milagrosa; allí en ese pequeño altar, hace 54 años nos casamos; las lágrimas de emoción al fin brotaron imposibles de contener. Volvíamos a hollar aquel santuario, que hoy, solo abre al culto para una decena de ancianos. Su plaza de toros donde pude disfrutar en la década de los 50 viendo torear a los novilleros Puerta y Camino. Y aquel chiringuito famoso, que con sabia receta secreta preparaba unos pinchitos únicos, Sadia, y convertía su Rinconcillo en el lugar preferido de Melilla, ¡El Rey de los Pinchitos! siempre lleno, ¡cuatro pinchitos y una ración de langostinos de la Mar Chica! Gritaban, y los clientes formando tres filas. Nostalgias… Los seguidores de aquel Sadia, tratan de emularlo.


El Mantelete, con una muestra residual de aquel mercadillo bullicioso de siempre, que compensamos el pasado, en los aledaños, con el disfrute de unas excelentes ruedas de churros y enormes vasos de té con hierbabuena, que sin duda rememoraron un ayer mejorado. ¡Qué le ha ocurrido a mi mercado! Aquel mercado donde abundaban las verduras, y el pescado saltaba de sus mostradores a causa de la frescura. Donde el pobre podía comer con jurelitos y sardinillas por muy poco dinero, y no eran causa de envidia otras especies para bolsillos más poderosos. ¡Está en ruina! ¡Y mi zoco! Sigue vivo, aquí vendí unas monedas hace más de sesenta años que me regaló mi tío Enrique; monedas de gran valor, y a causa de mi penuria económica juvenil vendí por veinticinco pesetas. Reconocí el lugar. Un comerciante musulmán melillense, tiene en el zoco un pequeño local, siempre lleno. Envasa al vacío cualquier especia dispuesta para cocinar tayines, pinchos, hareras o pastilas; además de regalarte unos recetarios te envía contrareembolso el producto que precises. Hoy un moderno mercado a tenor de los tiempos, abastece a la ciudad con todo lujo de comodidades.

Solo un reproche, era 16 de Julio. Abro un hueco en mi memoria. En estos días, hace una eternidad, ¡noventa años!, intereses ajenos a los que lo sufrieron, regaron sesenta o setenta kilómetros de sangre más de veinte mil personas de ambos bandos contendientes. Una protección no deseada por el indómito pueblo rifeño, nos llevó al sacrificio y al heroísmo inútil. Solo los noventa años de paz, tal vez sean la única justificación de aquella tragedia, que si tacho de inútil, es porque aunque noventa años sean muchos en una vida, son muy pocos para el olvido, y sentí como el pueblo español y en particular el melillense, perdió la memoria de aquellos calurosos días del mes de julio de 1921. Dirigí mis pasos, con toda mi familia, para agradecer en una visita no prevista, a aquellos que allí reposan por haber entregado prematuramente su vida por España. Sentí rabia por encontrarme el panteón cerrado. Debía haber alguien que en ese mes lo hubiera recordado. Me conformé con un recuerdo ante las fosas comunes que hay al pié. Tuve la sensación de que el silencio del camposanto, gritaba. Seguro. No era posible tanto olvido. La Plaza de las Culturas quizá simbolice esa convivencia que hoy disfruta Melilla, de la que me voy con la mochila llena de recuerdos renovados y nuestro agradecimiento a Juan Diez y a Dani que lo hicieron posible.

Alberto Boutellier- Julio de 2011